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Palermo, hija del Mediterráneo
Marcada por un mar que la hizo fenicia, romana, bizantina, árabe
y normanda, española e finalmente italiana, la capital de Sicilia es también la
ciudad más españolizada de la isla. Quevedo paseó por sus calles, Göethe fu uno
de los primeros turistas. Una mezcla esplendorosa de estilos en casas, iglesias
y palacios.
Las
ciudades tienen nombre, pero también tienen color, sexo y edad. Palermo es roja.
Palermo es una niña. Roja como imaginamos que eran Tiro y Sidón, como era
Cartago. Roja como la púrpura de aquellos fenicios que la colonizaron. De tierra
roja y abundante en la que se yergue, alta y ligera, la palmera, símbolo regio,
eco y nostalgia del desierto, sobre la que se condensa el esmalte verde oscuro y
el rojo vivo de los naranjos, legado del mítico jardín de las Hespérides.
Una niña, porque históricamente siempre ha estado dominada, y
dominada sobre todo por su madre, la terrible madre mediterránea que encierra a
los hijos en una infancia monstruosa, de gorgónea fascinación, de instinto y
crueldad. (¡Ah, ciudad niña; ah, vanidad cruel; ah, fermento ciego, nido de
serpientes, nido de pestes y viruelas, explosión de furia, rebeliones! ¡Ah,
carnicería feroz, redil de lobos, guarida de chacales…! ¡Ignorancia, altanería,
locura, tumba de verdad, cuna de matanza!).

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Se extiende, lozana y apacible, sobre una cuenca feliz, un
semicírculo cerrado por una barrera, una corona de altas colinas y escarpaduras
que la defienden por el Sur de los feroces vientos africanos; por el Norte la
dominan dos altos baluartes que se precipitan hacia el mar, el monte Catalfano y
el monte Pellegrino (el promontorio más hermoso del mundo, según Göethe), un
lugar aislado, una elevación sagrada y rocosa con grutas y manantiales de agua
buena para los eremitas, la diosa Ctonia, la Virgen y santa Rosalía. Esta cuenca
protegida es un jardín de invierno, un invernadero en el que la tibieza y la
humedad constantes, las brisas marinas que atenúan los excesos de veranos e
inviernos, permiten que las plantas, incluso las más raras y exóticas, desde las
más robustas hasta las más frágiles, arraiguen y crezcan, se refinen y se
fortalezcan (hablamos en presente, pero deberíamos referirnos al pasado, porque
en épocas recientes una horrible y desmesurada capa de cemento ha ido cubriendo
esta famosa Cuenca de Oro, y, con ello, ha apagado una luz en el mundo). Sin
embargo, puede suceder que, por acumulación y fermentación de los humores que
abundan, por abandono y entumecimiento, las plantas degeneren, como puede
sucederle a cualquier planta del Edén o de la Alhambra, de la cantera del
Paraíso o del jardín de Alcinoo (las rosas Paul Neyron, parisienses, se
convirtieron en coles carnosas y obscenas en el jardín funerario del príncipe de
Salina).
Siempre ha sido esta ciudad, bellísima y deshecha, un crisol de
civilizaciones y culturas, de razas y lenguas, de razones y religiones, de
estructuras y ornamentos, de armonías y locuras. Palermo es la síntesis de la
isla cuya capital ha sido y es. Y la isla, Sicilia, es el contraste más vistoso
de naturaleza y cultura, caos y orden universal. Sí, sin Sicilia no puede
entenderse Italia, no puede entenderse ese lugar antiguo, cambiado y cambiante,
que se llama Mediterráneo. Dice también Göethe: “Sicilia es para mí un preludio
de Asia y África, y hallarse en persona en este maravilloso centro en el que
convergen tantos rayos de la historia universal no es cosa pequeña”.
Aquí, a Sicilia, llegaron muchos rayos luminosos de la historia
que, después de emitir extraordinarios destellos, se apagaron. Y es verdad que
en Palermo, en algún subterráneo derrumbado y oscuro del palacio de los
Normandos, la Zisa, el Steri o la Martorana, en los comedores de algún fastuoso
palacio barroco, podía ocultarse el prodigioso Aleph: el lugar que contiene
todos los lugares, la historia que contiene todas las historias.
Esta ciudad de nombre griego –que quiere decir puerto total,
pero que con los fenicios se llamaba Ziz (flor), y con los árabes, Balharm, en
la antigüedad debía de tener escasa relación con el mar y el puerto; estaba
construida sobre una pequeña altura bañada, a los pies, por los ríos Kemonia
(río del mal tiempo) y Papireto, y defendida por gruesos muros; dicha zona es
todavía hoy la parte más monumental de la ciudad. A ese primer núcleo (Paleapolis)
se añadió después un segundo (Neapolis), también amurallado. Después, la ciudad
no volvió a sufrir transformaciones durante toda la época romana y bizantina.
Su primera expansión real, fuera de los viejos muros y hacia el
mar, el puerto y la cala, se produce en el siglo X con la dominación musulmana,
cuando Palermo se convierte en la sede del diwan (registro) de los aglabíes,
residencia del emir, capital de los tres valles de la isla (Mazara, Demone y
Noto) y centro de la industria y el comercio; entonces disputa la primacía en el
Mediterráneo a Córdoba y Quairouan. Nacen nuevos barrios, como el de la Kalsa;
la mezquita de Ibn Saqlab; el Borgo Nuovo de los judíos: una ordenación urbana
que determinará la estructura de la ciudad para siglos venideros.
Después de la depredación romana y el abandono bizantino, son
los musulmanes los que hacen que Sicilia y Palermo cobren nueva vida. A los
sicilianos, griegos, latinos, lombardos y judíos se une una abundante población
de árabes, bereberes, persas y negros. Habitantes de razas, costumbres, lenguas
y religiones variadas que convierten a Palermo en la primera gran ciudad
cosmopolita de la alta Edad Media.
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La época islámica es un gran renacimiento en el que se forma la
manera de ser siciliana, la realidad que puede considerarse situada en un
contexto histórico. Todo recibe nuevo impulso cuando comienzan los dos siglos de
dominación musulmana: la agricultura, el artesanado, el comercio, las ciencias,
las artes. Y Palermo se transforma en una de las ciudades más hermosas del
Mediterráneo, una de las más prestigiosas del vasto imperio musulmán y un
importante centro de intercambios; su puerto es escala obligada para los
peregrinos que van desde España hasta La Meca. Es la ciudad de las 300
mezquitas, los numerosísimos baños públicos, los suq abarrotados. Queda aún un
eco de aquellos mercados en los de la Vucciria, Ballarò (Suq el Balharm), el
Capo, los Lattarini (suq el Attarin).
Esta Palermo de luz y color, de actividad y refinamiento, de
olores y sabores, está presente en el relato de Boccaccio titulado La Ciciliana,
en el que una mujer seduce a un mercader toscano llevándole al hamman, el baño
público.
Ese carácter de ciudad árabe, de puerta de Oriente, siguió
impregnando durante siglos los monumentos, las tradiciones, la lengua, los
topónimos y los nombres, incluso la cocina, y perduró hasta el siglo XIX. Un
recuerdo de infancia, una “seducción del corazón”, hizo que el gran historiador
palermitano Michele Amari, exiliado político en París tras la revolución de
1848, escribiese su obra Storia dei musulmani de Sicilia, tradujera memorias y
poemas de autores árabes sicilianos y, con ello, inaugurase la escuela de
arabistas italianos.
El monje bizantino Teodosio, pese a su aversión hacia los nuevos
dominadores, no tuvo más remedio que escribir, cuando llegó a Palermo, que era
“una ciudad célebre y populosa que los habitantes salidos de los viejos muros
han coronado de suburbios o, mejor dicho, de auténticas y soberbias ciudades”.
Sin embargo, son los geógrafos y viajeros árabes los que más asombro y
admiración expresan por la Palermo musulmana, que siguió siéndolo hasta la
llegada de los normandos.
Desde el mercader de Bagdad Ibn Hawqal hasta el geógrafo El
Idrisi o el poeta granadino Ibn Giubayr, peregrino a La Meca. Este último
procedía de Mesina, y al llegar a Palermo, Al Madinah, la ciudad por excelencia,
escribió: “Ciudad metrópoli de estas islas, reúne en sí dos cualidades:
prosperidad y esplendor. Tiene cuanto pueda desearse en belleza real y aparente,
así como satisfacciones de la vida en la edad madura y joven. Antigua y bella,
espléndida y graciosa, te espera al acecho con su semblante seductor, soberbia
entre plazas y llanuras que son un jardín, con sus amplias calles y avenidas, y
te deslumbra con la rara belleza de su imagen”.
Y nos habla después del palacio que se alza sobre el antiguo
Càssaro, y de las villas y los castillos reales, el castillo de Giafàr, la Zisa,
la Cuba y la Cubola, la Favara, que la rodean como preciosos collares en el
cuello de jóvenes hermosas; nos habla de la iglesia del Antiocheo o Martorana y
la de San Giovanni degli Eremiti, con sus resplandecientes cúpulas rojas
semiesféricas; los palacios excelsos, las plazas, los patios, la inmensa
catedral que antes había sido mezquita. Pero nos habla, sobre todo, de los
barrios, las mezquitas y los mercados; del joven rey Guglielmo y el gran número
de pajes, eunucos, dignatarios, criados y protegidos, doncellas y concubinas,
jurisconsultos, científicos y poetas musulmanes que poblaban su corte; del
propio rey, que hablaba árabe, y del enorme respeto que tenía por las diversas
profesiones de fe de sus súbditos y su propio estilo musulmán de vivir y
disfrutar del poder.
El milagroso sincretismo de culturas, la gran tolerancia de los
musulmanes respecto a otras religiones (“La diversidad de opiniones en mi
comunidad es un signo de la gracia divina”, había sentenciado Mahoma), una
tolerancia de la que después se apropiaron, con inteligencia, los primeros reyes
normandos, se fue destruyendo poco a poco y acabó siendo intolerancia y
persecución con el regreso de la hegemonía cristiana, hasta culminar con los
Reyes Católicos de España y la expulsión de la isla, en 1492, de moros y judíos.
Después de aquella edad de oro, aquel momento único e
irrepetible de equilibrio ateniense, de civilización ordenada, Palermo inició el
declive, Sicilia inició el declive, desde el instante en el que comenzó la era
de los conflictos y la isla se sumió en la parálisis cultural, social e
histórica que, más allá de los tres siglos que Américo Castro atribuía a España,
en Sicilia duró hasta ayer, si es que no perdura hoy. A pesar del fascismo, las
heridas de la guerra, la instauración –en la posguerra– de un poder político en
connivencia con la Mafia y la consiguiente urbanización salvaje, en la Palermo
histórica aún se puede vislumbrar su antigua belleza. En ella sobreviven todavía
los mercados, ciertas costumbres, las huellas lingüísticas del árabe, y
sobreviven monumentos como la catedral, la Zisa, la Cuba, que dan testimonio de
una gran civilización.
Vincenzo Consolo, Siciliano, ‘El pasmo de Palermo’; editado por Debate.
(Lo spasimo di Palermo; Mondadori 1998, Saggi).
Pasmo - Del lat. vulg. pasmus, y
este del lat. spasmus).1. m. Admiración y asombro extremados, que dejan como en
suspenso la razón y el discurso.2. m. Objeto que ocasiona esta admiración o
asombro.
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Palermo por Nino Aiello
El engaño siciliano
por La Nación de Buenos Aires
Il Decameron
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di Giovanni Boccaccio
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